La esperanza de un nuevo día
Como parte de un ejercicio para un curso que estoy tomando, el docente nos pidió que observáramos una vela por diez minutos cada día y luego escribiéramos lo que observábamos.
Hoy es una mañana fría. Aun no amanece. Luego de despedir a mi hija rumbo a clases y a mi esposo hacia el trabajo, me dispongo a encender la vela mientras una taza de café me acompaña. Aromas. Silencio. Sólo el tic tac del reloj interrumpe mis pensamientos. Vuelvo a ellos. El ambiente está impregnado con el aroma a café y a la lavanda de las velas. Dos pábilos erguidos. Dos llamas danzantes.
Quién dio vida a quién? Fue un tercer componente que permitió que surgiera semejante espectáculo que, juntos, irradian luz y vida a una habitación en penumbras mientras espera con paciencia la presencia del sol que delimita el comienzo del día. Me gusta el color lila de la parafina. Es cálido, delicado y va cambiando su color mientras el calor hace de las suyas. Es el conjunto que me mantiene extasiada. Cada uno cumple su función.
Retiro mi vista de la vela y observo a través del ventanal de mi sala. El sol comienza a extender sus brazos para tocar mágicamente la naturaleza vestida con distintos tonos otoñales que varían entre ocres, rojos, verdes, naranjas. El lago se desabriga y el vapor comienza a surgir como señal que ya fue suficiente frío estacionado. Así me siento en este tramo del día. Llena de vida. De esperanzas. De paz. Contando mis bendiciones por sobre la noche, el frío, la oscuridad. Porque no importan las circunstancias, no hay noche que haya vencido al amanecer. No hay situaciones que puedan quitarnos la dicha de colocar nuestra hoja en blanco y volver a empezar.
Todo forma parte de un propósito y está en nosotros mismos elegir cuál actitud tomar frente a cada segundo de vida que se nos concede. Junto con la bondad del sol, escucho el despertar de las aves con distintos trinos que saludan con un 'buenos días'.
El tic tac del reloj continúa constante. Los aromas se entrelazan para perdurar todo este tiempo mientras escribo las reflexiones que despiertan mil sensaciones, entre ellas la bendición de la luz y también la de las sombras. Es hora de terminar mi ejercicio diario.
Debería apagar la vela. Sin embargo decido que continúe acompañando mi rutina al comenzar el día. El café se enfrió. Vuelvo a calentarlo. Lo tomo en mis manos frías y me acerco al ventanal para beberlo lentamente, mientras suspiro, mientras lleno mi alma de pensamientos bonitos. Agradecida.
Eudaimonía.
Karina Hein

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