¿Qué estamos haciendo con lo que nos ha pasado?



Estoy en mi escritorio, mirando fijamente la pantalla de mi computadora, concentrada en la letra de la canción de Casting Crowns que me acompañó todo este tiempo: “Oh, my soul, you are not alone, there’s a place where fear has to face the God you know. One more day, He will make a way, let Him show you how you can lay this down” (Oh, alma mía, no estás sola, hay un lugar donde el temor debe enfrentar al Dios que tú conoces. Un día más, él te dará la salida, déjalo mostrarte que puedes dejar esto [en sus manos]).
No sé bien por dónde comenzar a escribir.
𝗠𝗶𝗲́𝗿𝗰𝗼𝗹𝗲𝘀. Dolor de cabeza, náuseas, una sensación “extraña” en mi cuerpo, dolor de garganta, línea de fiebre.
𝗝𝘂𝗲𝘃𝗲𝘀. Saco turno online para hacer un test drive-thru en la farmacia que queda más cerca de mi casa. Tomo mi camioneta, manejo unas pocas millas y voy sintiendo dolor muscular cada vez más fuerte. Paso por el auto test donde muy gentilmente me van guiando. Deposito la muestra que yo misma me hice donde me indican, y regreso a casa.
𝗩𝗶𝗲𝗿𝗻𝗲𝘀. Estoy aislada. Aun no tengo el resultado del test, pero todos los síntomas son compatibles. Hoy me siento apagada, sin fuerzas para absolutamente nada. Solo atino a seguir en mi cama, hidratándome y controlando los síntomas con Tylenol.
𝗦𝗮́𝗯𝗮𝗱𝗼. Recibo un mensaje en mi celular: “Your COVID-19 test result: POSITIVE” [Tu resultado de la prueba del Covid es positivo]. Se suma la falta de aire y la fatiga intensa.
Recibo varias llamadas y mensajes, pero no tengo siquiera fuerzas para leer o contestar. Recibo las directivas en mi celular por parte del gobierno de qué hacer. Necesito seguir aislada y controlando mi hidratación, la saturación en sangre y la temperatura de mi cuerpo. Qué bendición poder estar en mi cama, mirando a través de mi ventana cómo pasan los días, las noches. Llueve. Sale el sol. Hoy no tengo gusto ni olfato.
Me dicen que aproveche el tiempo leyendo, siguiendo trabajando en mi libro o haciendo algo que me guste. ¿Cómo decirles que no tengo siquiera ganas ni fuerzas de estar sentada en la cama?
𝗠𝗮𝗿𝘁𝗲𝘀. Esa mañana me desperté con mucha sudoración en frío, me costaba respirar y llamé a mi esposo que estaba trabajando en el hospital a cuarenta minutos de casa. No podía transmitirle bien qué me estaba pasando. Corté y llamé al 911. Estuvieron en menos de 10 minutos. Bajé casi a los tumbos las escaleras con mi pijama y el barbijo para abrirles la puerta de mi casa a los paramédicos. Me tomaron de la mano, me llevaron a la ambulancia y me estabilizaron. Desde ese momento casi no recuerdo más. Solo que me preguntaron datos y me decían dónde me estaban llevando.
Llegué a la emergencia de Advent Health más cercana a mi casa. Mi esposo ya estaba allí. Me hicieron varios estudios y me trasladaron al Hospital Advent Health de Kissimmee, donde trabaja mi esposo.
Quedé aislada en el sector de enfermos de COVID. Todo estaba pasando muy rápido y como en un sueño.
Yo sabía que un ejército de guerreros de fe estaban orando por mi en todo el mundo desde el momento que supieron que mi test había dado positivo. Confiaba en Dios a pesar de la aparente soledad que tanto se siente cuando estás aislada.
También estoy segura que no era la única. Tengo la certeza que todas las personas que estaban en el mismo sector que yo, de alguna u otra forma confiaban que todo esto pasaría.
Pude conversar con algunas enfermeras que entraban a mi habitación para darme la medicación o controlar los signos. A todas les pregunté: “How are you? Tired?” [¿Cómo estás? ¿Cansada?] y todas me contaron los testimonios de sus propias vidas. Todas habían pasado por el Covid, se habían repuesto y allí seguían sirviendo, protocolos de por medio.
El tiempo allí dentro transcurre de otra forma. Las noches se viven distintas. Se mira el monitor con esperanzas de que los valores sigan iguales o mejores, para poder volver a casa.
Hoy es otro día. Hace una semana que ocurrió lo de mi internación. Sigo aislada, pero ya en casa.
Me cuesta respirar, me duele mucho el cuerpo, pero ya no tengo fiebre. Saturo bien. La tos se aleja de a poco. Sigo sin gusto ni olfato, pero sin mucosidad.
Recibo mensajes de aliento, de empatía, de ánimo. Consejos de tomar té de esto o bahos de lo otro. Me acercan canastas de frutas, tarjetas, flores, y hasta un diario de oración.
Tan bueno es Dios que me abraza a través de gestos tan nobles y genuinos desde el día 1 como un “te amamos, hija, aquí somos muchos los que estamos orando por vos”.
¿Cómo agradecer? No encuentro palabras. Por eso quise escribir.
Para agradecer a cada una de las personas que estuvieron orando por mí, pendientes de mi evolución, prestas a lo que puedan ser de ayuda tanto para mí como para mi familia.
Hoy todavía no tengo mi test negativo, pero me siento sana. Sigo aislada por protocolo y por amor a mi familia.
Mi cuerpo ha reaccionado de forma positiva. Otra batalla vencida con el poder de Dios.
Quedan secuelas chiquitas, pero nada que no pueda controlarse y con el tiempo volver a la normalidad.
Quise escribir para compartir mi experiencia. Todos sabemos que, a pesar de cuidarnos, nos puede pasar. Me faltaba una semana para recibir la vacuna.
Es verdad que durante la pandemia y el aislamiento social tuvimos tiempo de reflexionar, de tomar decisiones, de ponernos a cuentas.
Sin embargo, puedo asegurar que las reflexiones son otras y las decisiones distintas cuando estás atravesando la enfermedad.
Escuché por un año a mi esposo contarme tantas historias de personas que estaban internadas y hasta lo acompañé a funerales en los que el virus había cobrado sus víctimas, separando familias hermosas.
He orado por muchas personas enfermas, y he visto su recuperación, así como también he visitado a familias que habían perdido a un ser amado.
Dios es soberano y más allá de los resultados visibles, lo entendamos o no, él no deja de cumplir sus propósitos ni sus promesas.
¿Qué estamos haciendo con lo que nos ha pasado? No somos víctimas del destino. Podemos ser proactivos y capitalizar todo lo que nos sucede para que se transforme en una bendición.


Comentarios

Entradas más populares de este blog

Una mejor versión lejos de la ignorancia